Salud
Chequeo médico deportivo: cuándo y por qué hacerlo
23 de Febrero de 2026No se trata de una formalidad administrativa ni de un requisito deportivo para competir. Es, más bien, una instancia de cuidado que permite saber en qué punto se encuentra el cuerpo antes de exigirle un esfuerzo mayor al habitual
Marzo trae consigo una escena repetida en plazas, parques y gimnasios. Las zapatillas que descansaron durante meses reaparecen, los grupos de running recuperan integrantes y las clases de entrenamiento funcional vuelven a llenarse. Después de las vacaciones, la intención de “retomar” o “empezar de cero” se instala como propósito casi inevitable.
Sin embargo, entre la motivación y la primera rutina hay un paso que muchas veces se omite. No se trata de una formalidad administrativa ni de un requisito deportivo para competir. Es, más bien, una instancia de cuidado que permite saber en qué punto se encuentra el cuerpo antes de exigirle un esfuerzo mayor al habitual.

El entusiasmo de un nuevo año y los riesgos invisibles
El inicio del año suele estar asociado a cambios. Se modifican horarios, se suman compromisos y también se incorporan nuevas actividades físicas. El problema aparece cuando el impulso supera a la información.
Tras semanas —o incluso meses— de menor movimiento, el sistema cardiovascular, los músculos y las articulaciones no siempre responden del mismo modo que en épocas de mayor entrenamiento. El descanso prolongado puede implicar pérdida de resistencia, aumento de peso, variaciones en la presión arterial o desajustes metabólicos que pasan inadvertidos.
Los especialistas en cardiología deportiva advierten que gran parte de los eventos cardiovasculares vinculados al ejercicio ocurren en personas que retomaron actividad sin una evaluación previa. No necesariamente se trata de atletas de alto rendimiento. De hecho, muchas veces son aficionados que comienzan con rutinas exigentes de manera abrupta.
La ausencia de síntomas no garantiza que todo esté en orden. Algunas afecciones cardíacas, respiratorias o metabólicas pueden permanecer silenciosas hasta que el organismo se somete a un estrés físico significativo.
Qué busca un chequeo médico deportivo
La evaluación previa al ejercicio no es un examen genérico ni una batería de estudios desmedidos. Su objetivo principal es identificar factores de riesgo y establecer si la persona está en condiciones de realizar determinada actividad física, así como definir con qué intensidad debería hacerlo.
En líneas generales, el proceso comienza con una entrevista clínica detallada. El profesional indaga antecedentes personales y familiares —hipertensión, diabetes, colesterol elevado, problemas cardíacos, episodios de desmayo— y hábitos cotidianos, como tabaquismo o sedentarismo.
A partir de esa primera conversación se definen los estudios complementarios. Los más frecuentes incluyen un electrocardiograma en reposo, análisis de laboratorio y medición de la presión arterial. En ciertos casos, sobre todo cuando la persona tiene más de 35 o 40 años o presenta factores de riesgo, puede indicarse una prueba de esfuerzo para evaluar cómo responde el corazón durante la actividad.
No es solo para deportistas profesionales

Existe la idea extendida de que el chequeo médico deportivo es un requisito exclusivo para quienes compiten o entrenan de manera intensiva. Esa percepción deja afuera a un grupo amplio de personas que, aunque no se definan como deportistas, deciden incorporar ejercicio después de un período prolongado de inactividad.
Caminar a ritmo acelerado, inscribirse en una carrera de 10 kilómetros, retomar el fútbol con amigos o sumarse a clases de alta intensidad implican un aumento de la demanda cardiovascular. Incluso actividades consideradas “moderadas” pueden representar un desafío si el punto de partida es el sedentarismo.
En niños y adolescentes, la evaluación también cumple un rol relevante. Detectar a tiempo determinadas cardiopatías congénitas o alteraciones en el ritmo cardíaco puede evitar situaciones de riesgo durante la práctica escolar o federada.
En adultos mayores, el control previo permite ajustar la intensidad del ejercicio a la condición física real, evitando sobrecargas articulares o descompensaciones.
Señales de alerta que no conviene minimizar
Hay síntomas que, en el contexto del ejercicio, merecen atención especial. Dolor en el pecho, falta de aire desproporcionada, mareos, palpitaciones intensas o desmayos no deberían atribuirse automáticamente al “esfuerzo”.
Un chequeo médico previo ayuda a anticiparse, pero también es una instancia para recibir orientación sobre cómo reconocer signos de alarma y cuándo suspender la actividad. La educación en salud forma parte del proceso.
Además del corazón, la evaluación puede revelar otras cuestiones. Alteraciones en la glucemia, anemia o problemas tiroideos inciden en el rendimiento y en la capacidad de adaptación al entrenamiento. Corregir esos desajustes mejora no solo la seguridad, sino también la experiencia deportiva.
Un hábito que va más allá del verano
Si bien los meses de calor concentran el mayor número de inscripciones a gimnasios y clubes, el chequeo médico no debería pensarse como un trámite estacional. La evaluación periódica permite actualizar datos y ajustar recomendaciones a medida que cambian la edad y las condiciones de salud.
En este escenario, disponer de cobertura médica que facilite la consulta preventiva puede marcar la diferencia, ya que el acceso oportuno a un profesional es un factor que muchas personas consideran al evaluar opciones de medicina prepaga, especialmente cuando buscan sostener hábitos saludables a lo largo del año.
Entre la euforia de los nuevos comienzos y la constancia que exige cualquier entrenamiento, existe un punto intermedio que suele pasar desapercibido. Tal vez no sea el más visible ni el más comentado en redes sociales, pero es el que permite que el resto del plan tenga sentido.











