La nueva escala de la energía: por qué la transformación también es tecnológica

Escribe Rodrigo Cabot, Gerente de Desarrollo de Negocios, Alianzas y Estrategia Tecnológica de Ecosistemas Global

La industria energética mundial se prepara para invertir alrededor de US$3,4 billones en 2026, según la Agencia Internacional de Energía (IEA). Será un nuevo récord. Pero el desafío no será solamente movilizar ese capital ni decidir hacia qué fuentes dirigirlo. Será gestionar la complejidad que esa transformación está generando.

Petróleo y gas, renovables, biocombustibles, almacenamiento y nuevas redes avanzan simultáneamente, aunque a ritmos diferentes según cada mercado. La IEA estima que unos US$2,2 billones de la inversión de este año se dirigirán a tecnologías de energía limpia —incluyendo renovables, nuclear, redes, almacenamiento, combustibles de bajas emisiones y eficiencia—, mientras alrededor de US$1,2 billones corresponderán a petróleo, gas natural y carbón.

El resultado es un sistema energético más diverso, distribuido, conectado y digital. Y cuanto más complejo se vuelve el negocio, más exigente se vuelve también la tecnología que debe sostenerlo.

Distintos mercados, un desafío compartido


Las manifestaciones de esta transformación son diferentes. Argentina expande su capacidad productiva a partir de Vaca Muerta; Brasil profundiza su desarrollo de biocombustibles; Chile transforma su sistema eléctrico de la mano de las renovables y el almacenamiento; México mantiene una operación energética de gran escala; y Europa avanza en electrificación, redes y nuevas capacidades renovables.

No son procesos equivalentes ni ocurren a la misma velocidad. Pero todos incorporan nuevos activos, infraestructura, sistemas y volúmenes de información que deben funcionar de manera coordinada.

Vaca Muerta permite dimensionar ese cambio de escala. En julio de 2026 produjo 643.100 barriles de petróleo diarios, un 26,4% más que un año antes, mientras la producción de gas alcanzó los 96,5 millones de metros cúbicos diarios. El crecimiento productivo exige infraestructura física, pero también aumenta la necesidad de conectividad, disponibilidad tecnológica, integración y capacidad de respuesta en operaciones cada vez más distribuidas.

Brasil muestra otra dimensión del fenómeno. La IEA proyecta que la demanda brasileña de biocombustibles aumentará alrededor de 30% hacia 2030 y estima que el país explicará aproximadamente el 40% del crecimiento mundial de la demanda de biocombustibles líquidos para transporte vial durante el período analizado.

Por eso, hablar de transición energética únicamente como un cambio de fuentes empieza a resultar insuficiente. La transición energética también es una transición tecnológica.

El desafío no es sumar tecnología, sino gestionar la complejidad


Durante años, digitalizar significó incorporar aplicaciones, migrar determinados procesos o automatizar tareas. Para una gran compañía energética, hoy el problema es diferente: no se trata solamente de incorporar más tecnología, sino de conseguir que un ecosistema tecnológico cada vez más amplio funcione de manera integrada.

Una organización puede implementar inteligencia artificial, automatización y analítica avanzada. Pero si sus datos están fragmentados, las aplicaciones no se integran, la infraestructura presenta problemas de disponibilidad o los procesos carecen de suficiente trazabilidad, una nueva herramienta puede agregar complejidad en lugar de reducirla.

La propia IEA identifica el acceso y la calidad de los datos, la infraestructura digital, las capacidades profesionales y la seguridad entre los factores que condicionan el despliegue de inteligencia artificial en el sector energético.

Esto cambia la pregunta. Antes de escalar la inteligencia artificial, hay que escalar la capacidad de gobernarla.

Eso supone contar con datos confiables y accesibles, sistemas capaces de intercambiar información, infraestructura disponible, criterios claros de seguridad y equipos que puedan convertir la tecnología en mejoras concretas de la operación. La IA puede ser una herramienta para detectar patrones, automatizar procesos y asistir decisiones, pero su impacto depende de las condiciones sobre las que se implementa.

La discusión relevante, entonces, no debería ser cuánta inteligencia artificial puede incorporar una compañía, sino qué problemas de negocio puede resolver, con qué información y bajo qué condiciones puede hacerlo de manera segura y sostenible.

La disponibilidad también es parte de la transformación


Hay otro aspecto menos visible de la digitalización. Cuanto más depende una operación de la tecnología, mayor es el impacto que puede generar una interrupción.

En Ecosistemas Global conocemos parte de ese desafío desde la operación. En México brindamos Tech Support a una compañía internacional de Oil & Gas con infraestructura distribuida entre sedes operativas y oficinas. El modelo combina atención onsite y remota, gestión de incidentes bajo ITIL 4.0 y cumplimiento de niveles de servicio.

Esa experiencia confirma un desafío que trasciende a una compañía o a un mercado: cuanto más distribuida y digitalizada es una operación, más importante se vuelve garantizar que la tecnología pueda responder de manera consistente.

La escala también importa. En nuestros servicios de Tech Support gestionamos actualmente más de 17.000 tickets mensuales, con un 96,8% de resolución efectiva y un 92,3% de cumplimiento de SLA. Detrás de esos indicadores tecnológicos hay variables directamente relacionadas con el negocio: disponibilidad, capacidad de respuesta, previsibilidad y continuidad operacional.

Más conectividad exige más resiliencia


La misma tecnología que permite integrar y automatizar operaciones también genera nuevas dependencias. Sistemas conectados, infraestructura distribuida, sensores, automatización y una circulación creciente de información amplían la superficie que las organizaciones necesitan gestionar y proteger.

La IEA advierte que los ciberataques contra utilities energéticas se triplicaron en los últimos cuatro años, al mismo tiempo que aumentó su sofisticación.

Innovación, continuidad y seguridad, por lo tanto, ya no pueden pensarse como conversaciones separadas. Si una nueva solución mejora la eficiencia pero introduce vulnerabilidades, fragmenta información o genera una dependencia que la organización no está preparada para administrar, el beneficio tecnológico puede convertirse rápidamente en riesgo operacional.

La transformación digital del sector necesita avanzar, pero debe hacerlo con arquitectura, gobernanza y objetivos medibles.

La ventaja estará en gestionar mejor la complejidad


Durante años, gran parte de la conversación energética estuvo concentrada en qué fuentes crecerían y cuáles perderían participación. Esa discusión seguirá abierta. Pero existe otra transformación que ya está ocurriendo por debajo: cada nueva planta, parque, pozo, red, activo conectado o combustible incorpora información, sistemas y decisiones que deben funcionar de manera coordinada.

Para los líderes del sector, esto implica mirar la estrategia tecnológica desde otra perspectiva. No alcanza con acumular herramientas. Será necesario integrar lo existente, automatizar donde exista un beneficio concreto, transformar datos en decisiones, utilizar inteligencia artificial con objetivos claros y garantizar que la infraestructura pueda acompañar la continuidad del negocio.

El desafío de las grandes compañías energéticas ya no es sumar tecnología, sino evitar que la complejidad tecnológica crezca al mismo ritmo que el negocio.

Por eso, la próxima ventaja competitiva del sector no dependerá solamente de quién produzca más energía o incorpore más tecnología. También dependerá de quién logre gestionar, con mayor eficiencia y resiliencia, la complejidad que generan la expansión del negocio y la transformación tecnológica.

(*) Rodrigo Cabot: Gerente de I+D y Calidad de Ecosistemas Global